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PREMIO "CARTA A UN MILITAR ESPAÑOL"

El martes, 15 de marzo de 2016, el Coronel de Estado Mayor, D. Pedro María Pejenaute Moraga, Delegado de Defensa de La Rioja, entregó a partir de las 10.30 el premio ganado por el Colegio Sagrado Corazón de Arnedo, por la carta de la Alumna de 4.º de ESO LOLA RODRÍGUEZ RAMOS: “INÉS DE BEN: MI RECUERDO DE LO OCURRIDO”, en el concurso “CARTA A UN MILITAR ESPAÑOL. HÉROES DE ESPAÑA” (fase provincial):

 http://www.cartaaunmilitar.es/mapa.php#mapa

Aquí está su carta:

 

“No pienses que es fácil para mí hablarte de esto sin emocionarme. Son muchos los recuerdos que vienen a mi cabeza y que me atormentan, que no me dejan dormir. Y después de todo nadie se acuerda de mí, aunque di todo lo que tenía por La Coruña. Soy Inés de Ben, y esta es la guerra que marcó mi vida.

No me imaginaba la desgracia a la que estaba destinada mi familia, hasta que la tuve encima. Aquel 4 de mayo de 1589, Sebastián, mi marido, despertó temprano a mis dos hijos. Todos los vecinos de Pescadería debíamos prepararnos para el ataque que se acercaba por parte de los ingleses. Al cabo de unas horas, mi marido me avisó de que los enemigos ya habían pisado los arenales de Oza. Salí a la puerta y divisé a Álvaro de Troncoso, nuestro capitán, corriendo por la Puerta de Abajo hacia los altos de Santa Lucía, acompañado de 150 arcabuceros entre los que se encontraban jóvenes a los que había visto crecer y que probablemente perderían la vida en este encuentro.

Entristecida, volví dentro de casa, donde mis hijos y mi marido me aguardaban asustados, y decidimos quedarnos y esperar. Llevaba un rato sentada cuando mi hijo pequeño entró y me informó, con lágrimas en los ojos, que a lo lejos, en la muralla, los ingleses habían comenzado a cavar trincheras frente al muro y a hostigar a nuestro pueblo con arcabucería.

Aquella noche apenas dormí. Se oían toda clase de ruidos, disparos, gritos, y con cada cual, el nudo que tenía en la garganta se me hacía más fuerte. El 5 de mayo de 1589 fue el peor día de todos con diferencia. Por la mañana me levanté sobresaltada. Miré por toda la casa y mi marido y mis hijos no estaban. Con el corazón encogido, salí a buscarlos con un terrible presentimiento.

A lo lejos, en la muralla, se habían levantado las primeras escaramuzas y comprobé con horror que, luchando en ellas, estaban mis hijos. Fui corriendo y los saqué a gritos. Pero una visión me paralizó totalmente: en el suelo, herido de muerte, se hallaba mi marido. Pero no podía derrumbarme por su pérdida, debía seguir adelante por él, por mis hijos, por mi gente. Fuimos a casa y recogimos todo lo que pudimos: ropa de abrigo, comida, plomo, pólvora, cuerda... Subimos al carro e, intentando asimilar el gran dolor que teníamos en el corazón por la pérdida de Sebastián, nos dirigimos a La Ciudad Vieja. Llegamos por la noche. La gente se arremolinaba dentro de las murallas, esperando lo peor. Gritaban desesperados que necesitaban pólvora, y no tenían quien se la diera.

Me dio mucha pena su situación y quería actuar, así que me puse en contacto con Lopo Díaz, teniente corregidor de la ciudad, y le di toda la pólvora que había cogido de Pescadería. Ayudé a reparar los cañonazos de los ingleses en la muralla, les abastecía de alimentos y agua para que en ningún momento dejaran la defensa, curaba a los enfermos... Hasta que llegó el golpe que me cambió la vida. Estuve unos días inconsciente y cuando me desperté, todo estaba negro. Me había alcanzado el fuego enemigo. Tenía graves heridas en la cabeza y en una pierna. Pero lo peor era que los ingleses me habían privado de mi vista. Me había quedado ciega. Gracias a Dios, conseguimos pararlos, detenerlos y desgastarlos...

A día de hoy, nadie sabe quién soy. Ayudé, curé, gasté mi dinero por los demás, y todo lo que recibí fue un cañonazo. Acabé con mis dos hijos en la calle, ciega, viuda y arruinada, pues mi pequeña mercería había sido arrasada por los ingleses junto al resto de Pescadería. Las guerras destrozan todo lo que encuentran a su paso.

Los daños materiales se pueden solucionar pero las pérdidas más grandes son las irrecuperables. Pero sé, que mereció la pena. Mi familia lo merecía. Pescadería lo merecía. Galicia lo merecía. España lo merecía”